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‘Deberíamos perdonarnos a nosotros mismos’

A propósito de fortalecer la posición de humildad, una materia pendiente en nuestras comunidades y sociedades. ¿Esperamos que las demás personas nos pidan perdón? ¿Qué tan conscientes somos de la necesidad de perdonarnos a nosotras y nosotros mismos por nuestras acciones u omisiones?

Reproduzco aquí una columna de Mario Mendoza que examina diversos tipos de violencia y las deconstrucciones que hacemos alrededor de su narrativa como sociedad, comunidad y seres humanos.

‘Deberíamos perdonarnos a nosotros mismos’

Alguna vez, en un evento público, un espontáneo pidió la palabra. Fue una intervención memorable. Habló de cómo, desde niño, le enseñaron a odiar. Creció en un hogar de católicos recalcitrantes y le enseñaron a odiar a los ateos, gente sin fe y sin Dios, sospechosa de llevar vidas licenciosas y desordenadas.

Luego, en sus años de adolescente, unos tipos en Cuba hicieron una revolución, y entonces le enseñaron a odiar a los comunistas, gente rara que no creía en el trabajo ni en la propiedad privada. Más tarde, le enseñaron a odiar a los negros, una raza de perezosos y sinvergüenzas que si no la hacían a la entrada la hacían a la salida.

Y así, a lo largo de su vida, toda su educación había sido siempre en contra de algo o de alguien, consejos para defenderse, para contraatacar, para no dejarse, para protegerse de los demás.

Esa lista, si empezamos a ampliarla, se vuelve infinita. Los de una creencia religiosa hablando en contra de las otras creencias o de los que no tienen ninguna, los de una tribu urbana contra las otras, los del norte de Bogotá contra los del sur, los del sur contra los del norte, ciertos fanáticos alegando contra los gais, los que se creen exitosos detestando a ‘los fracasados’, los resentidos en contra de los que hacen bien su trabajo, todos contra los judíos, todos contra los musulmanes, todos contra los guerrilleros, todos en contra de los extranjeros que practican costumbres raras, en fin, todos contra todos.

Así crecimos, así hemos vivido: aprendiendo siempre a odiar a alguien. El machismo, el maltrato infantil, la segregación social, el racismo, el clasismo, la violencia laboral, todas esas taras tienen su origen en una educación cuya base fundamental es el odio. Nos alimentamos de él, no sabemos vivir sin su influjo contaminante y nefasto. Y lo peor de todo es que es muy fácil de contagiar. Por eso algunos expertos en salud pública lo consideran hoy en día una pandemia, una enfermedad que se ha propagado a velocidades alarmantes. Las verdaderas consecuencias aún no las hemos medido.

Odiar va creando, además, una personalidad narcisista que se va anclando cada vez con mayor fuerza en el yo. Lo único importante es lo que me sucede a mí. Yo soy el centro del mundo. Yo tengo la razón. Nadie se da cuenta de la verdad, excepto yo. Nadie ha sufrido como yo. Es que nadie sabe por las que me ha tocado pasar a mí. Mi vida no ha sido cualquier cosa. Todo el mundo está muy mal, menos yo, que sí me doy cuenta de todo. Yo, yo, yo.

Las consecuencias físicas y mentales de ese exceso de presencia en sí mismo son muy negativas. El sujeto no puede expandirse, explayarse, compartir, enriquecerse con las experiencias de los otros. Es difícil también que pueda darse a los demás, entregarse, disfrutar de la generosidad. Por ende, cada vez estará más atrapado, más encarcelado, y su odio se irá agigantando también. Es un círculo vicioso que se retroalimenta cada día. Odiar debilita mucho.

Las consecuencias económicas son también devastadoras. No logramos trabajar en equipo, no podemos cooperar, no sabemos hacer grupo para crecer como sociedad. El odio impide asociarse para alcanzar metas comunes.

Darnos cuenta de esta educación perversa ya es un paso. Quizás el siguiente sea empezar a respetar y a estimar a aquéllos que, aunque sean diferentes en su raza, sus equipos de fútbol o sus creencias religiosas, pueden llegar a ser nuestros mejores amigos, nuestros socios o nuestras parejas sentimentales. Quizás allá, en donde me enseñaron que era territorio enemigo, me está esperando alguien para darme un abrazo.

Nos han enseñado a temer una violencia que viene de la parte externa del sistema. Cuando estamos en un aeropuerto requisan nuestras maletas, nuestras chaquetas, nuestros zapatos, a nosotros mismos. Nos dicen que hay unos fulanos que amenazan nuestra tranquilidad, terroristas que pueden en cualquier momento acabar con nuestra estabilidad y nuestra concordia. A nivel nacional es lo mismo. Nos han dicho que esos fulanos que estaban en la selva nos van a destruir a todos como sociedad.

La peor violencia no es la violencia política, es decir, la que viene de fuera del sistema. No le vamos tampoco a restar importancia. Es una violencia que nos ha hecho mucho daño y que ha terminado con vidas valiosas, qué duda cabe. Pero no es la peor ni la más dañina.

La peor violencia se está cocinando dentro del mismo establecimiento, aquí y ahora, entre nosotros mismos. Por probabilidades, estamos más cerca de ser agredidos por nuestro jefe de trabajo que por las Farc. Estamos más cerca de ser violentados por nuestros padres en nuestra casa que por el Eln. Estamos más cerca de ser matoneados por nuestros compañeros de colegio que por los reinsertados.

En el caso de las mujeres, están más cerca de ser maltratadas física o psicológicamente por un hombre del común (un novio, un amigo, un primo, un desconocido) que por un guerrillero. La violencia laboral, la violencia contra los menores de edad, la violencia de género, el racismo, la segregación social, el arribismo, el desprecio, el matoneo escolar, el desdén por el otro, la violencia de la moda y la publicidad (que genera millones de personas anoréxicas, bulímicas y con trastornos de alimentación), el terrorismo económico y bancario son formas eficaces de violencia que están convirtiendo la convivencia de las grandes ciudades en un infierno.

Arrojamos estudiantes por los huecos de los ascensores (Cristian Jiménez), los matamos después de las fiestas y los dejamos tirados en los parques públicos (Luis Andrés Colmenares), tiramos a los niños desde los balcones (Válery Pérez), asesinamos a nuestras parejas en centros comerciales (Vivian Urrego), acuchillamos o baleamos por robar un celular (Juan Guillermo Gómez) o eliminamos a nuestros vecinos porque nos piden bajar el volumen de la música (Francisco Cifuentes). Estamos en una batalla de todos contra todos.

Así que, quizás en lugar de pensar en que tenemos que perdonar a otros, deberíamos primero empezar a hacer un examen de conciencia para después lograr lo más difícil: perdonarnos a nosotros mismos por todo el horror que hemos construido y permitido.

MARIO MENDOZA
Autor de ‘Satanás’ y ‘La melancolía de los feos’, entre muchas otras obras. Acaba de publicar ‘El libro de las revelacio- nes’ (Intermedio Editores).
Especial para EL TIEMPO

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